Hoy va una entrada sin fotos. Hace mucho que no escribo y tengo algunas guardadas que espero incluir en alguna entrada tan pronto como junte ganas, pero esta no las requiere.
Después de casi un mes en España he vuelto hoy a Hyderabad. Vuelta de vacaciones, de una estancia más larga de lo normal, de la Navidad...y lo primero que te recuerda donde vas, ya incluso antes de llegar, es el parte meteorológico que da el piloto poco antes de aterrizar: "En Hyderabad tenemos Smog y 17 grados".
En Madrid el cielo estaba nublado y nevaba, en Dubai despejado...¿qué tipo de condición meteorológica es "smog"?. Es el cruce de dos palabros en inglés, "smoke" (humo) y "fog" (niebla). ¿Puede haber algo más motivador para empezar una larga estancia que una contaminación atmosférica con denominación de origen?.
Puede. La contaminación acústica que recibes desde el taxi que te aleja de aeropuerto y te mete en la ciudad. Contaminación acústica con dos focos localizados, a saber: los bocinazos y los eructos del taxista.
Llego a casa agradeciendo que Hyderabad sea una de las ciudades más civilizadas y limpias de India.
Hasta aquí nada digno de reseñar. Por la tarde voy a sacar dinero a un cajero para reanudar mis rutinas diarias y aquí es donde me surge la necesidad de hacer esta entrada.
Con el hartazgo de la mañana, después de recorrer tres cajeros sin dinero (no reseñable) y de irse la luz (tampoco reseñable) mientras operaba en uno de ellos, llego a uno que por fin parece tiene billetes.
Está dentro de un habitáculo minúsculo que por supuesto no se cierra. Si no, no podría entrar gente a ver lo que marcas en la pantalla y la experiencia no sería completa.
Meto la tarjeta y ya tengo uno a mi lado. Le miro. Me mira. No llega a los cuarenta años, ni al metro y medio de altura ni a los 50 kilos. Vestimenta a la moda local, con sus chanclas, pantalones de pinzas y camisa por fuera con diseño y colores vivarachos. Todo le queda de campana.
Me echo hacia la izquierda de la máquina para cerrarle. Me voltea por detrás y se pone a mi derecha. La culpa es mía por dejar tanto hueco. Le miro. Me mira. Le hago un gesto de "¿qué, to bien?". Me sonríe y mira a la pantalla impaciente.
Me echo para la derecha de la máquina para cerrarle. Vuelta por detrás, hueco, y ahí está otra vez en primera línea. Le miro. Me mira. Levanto los hombros "¿qué coj...?". Me sonríe y mira a la pantalla impaciente.
Estoy demasiado cansado para esto después del viaje sin pegar ojo. Paso. Saco el dinero y me retiro del cajero dando un paso atrás mientras le hago el gesto de "venga, ansias". Me sonríe. Ahora no mira a la pantalla.
Extiende el brazo con una tarjeta amarilla en la mano. Me dice "Tres mil"
"¡No hombre, sácalo tú!"
"Tres mil", repite, mientras que con la tarjeta en la mano la extiende hacia mi y luego hacia el cajero varias veces sin dejar de sonreír.
"¡Pero tú sabrás tu código PIN!"
Sonríe. Extiende el otro brazo con la palma de la mano hacia mi cara. Apuntados a bolí cuatro números. Me agita la mano en la cara. "Tres mil".
Le he metido la tarjeta en la ranura, seleccionado el tipo de transacción, pedido que él pusiera el importe (3000, por si había dudas), aceptado, y pedido que él metiera el código PIN que llevaba apuntado en la mano antes de sacarle de su área personal y devolverle la tarjeta.
Me acompañaba un compañero de trabajo y los dos hemos dicho lo mismo: Esto solo pasa en India.
Un sitio peculiar y una situación inimaginable en nuestras cabezas.
Namasté!
Pobrecillos...seguramente ni siquiera sabrá leer para poder acceder a las pantallas del cajero
ResponderEliminarSeguramente, pero ahí tiene su cuenta y funciona así a diario sin problema. Si lo comparas con como va la gente al cajero en Madrid, no se yo quienes somos más pobres.
ResponderEliminarGracias por comentar!